Tercera temporada de The Walking Dead, ¿amor u odio?

O la quieres, y si la quieres la amas; o la odias. The Walking Dead. En su primera temporada (aún recuerdo ese piloto) la serie, dirigida por Robert Kirkman -su creador- y Frank Darabont te deslumbra con un estilo y una fuerza propias. Hay zombies, sí, pero no es la bendita locura de Dead Set o de la cinta de Danny Boyle, 28 días después. Es poesía, hay un diálogo, unos personajes. Sin embargo, todo eso que la hacía fuerte la iba matando poco a poco: muchos diálogos y pocos zombies, hasta el punto de preguntarse uno, ¿estoy viendo una serie de muertos vivientes? Pero el gusanillo te pide más.

Llega la segunda temporada y te percatas de que sigue la línea de la anterior. Ya te has desengañado, sabes a lo que has venido, nada te sorprende. Tiene estilo, lo sabes, por eso la sigues viendo, aún cuando sabes que no estás ante una típica serie de zombies. Esto no es Resident Evil. Gracias a Dios. Y la temporada acaba dejándote un gusanillo a serie adulta, los personajes han calado y los zombies están más que logrados (no como esos que aparecen en Diarios de Chérnobil, 2012).

Y la tercera temporada de The Walking Dead irrumpe con un primer capítulo que te enamora, que emana fuerza, que derrocha estilo, que no tiene complejos, que derrama sangre, que no le importa si te gusta o no, es un producto para fans. Llegan nuevos personajes, los zombies comienzan a tener su propia personalidad (sí, lo sé). En fin, a seguir disfrutándola mientras sigue en parrilla.

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