Perro come perro, la última joya de Edward Bunker

Quien no se haya ‘pisplado’ aún es porque no se entera de nada. Se están traduciendo en España desde hace algún tiempo las novelas de Edward Bunker. Caen como pedradas. Plas, plas, plas. Con la vertiginosa cadencia propia que demanda una pandilla de lectores ávidos de nuevas y contundentes sensaciones. Mierda de la mejor clase para los yonquis de lo ‘negrocriminal’. Basura ‘negrosobreblanqueada’.
De momento van tres títulos, tres. ‘No hay bestia tan feroz‘, ‘Stark‘ y, desde hace bien poco, ‘Perro come perro‘. Publicadas por una pequeña editorial denominada Sajalín que, en su esforzado empeño, parece dispuesta a volcar al español la exigua obra completa del ex convicto escritor. Eso, sin contar esas inconmensurables memorias que llevan por título ‘La educación de un ladrón’ que publicó la editorial Alba hace la tira de años.

Eddie Bunker. Uno de esos tipos pertenecientes a la escueta nómina que se caracteriza por escribir con estilo e instinto asesinos, vapuleando con sus historias sobre cárceles, pájaros desenjaulados y mala sombra vocacional a unos lectores que están siempre a medio noquear. Cabronada tras cabronada. Eddie Bunker, cual rey del tocomocho literario, nos vuela la tapa de los sesos en cuanto nos relajamos.
Dispara, página tras página, ráfagas de reculada. No en vano dicen de él que es “un caso único en las letras norteamericanas”. Una especie de Jean Genet chungo este Bunker. Un Genet sin poesía cuya jeta esculpida sobre ‘nigger’ club. Él había estado allí. Como una Alicia chunga. Al otro lado del espejo carcelero. Y, en ciertos fregados, ayuda lo suyo saber de qué se habla. Hay que haber mamado mucha leche negra de madrugada para escribir, decentemente, sobre el mal.

Entró en un reformatorio a los cuatro años


Nació en Los Ángeles en 1933; la palmó en Burbarnk, en el condado de Los Ángeles. Demostró con ello que, por culpa de los barrotes, no fue un tipo demasiado viajero. Era como un Marlboro perpetuamente encendido. Genuinamente americano, maleante y asaltabancos enfurecido con una sociedad que sólo le dio cancha durante los últimos años de su vida. Aterrizó en el primer reformatorio a los cuatro años a causa del divorcio de sus progenitores. Y, a partir de ahí, su vida se convirtió en una entrada y salida discontinua por un centenar de prisiones estadounidenses. Así es, en ocasiones, como se forja la carrera de un escritor. Al margen de toda ley. Con las venas repletas de tinta.

Su rostro de Makoki nato, ceñudo y malencarado, llegó a destacar en la lista de los diez fugitivos más buscados por el F.B.I.Entre robo, estafa y violación de la condicional, acumuló Eddie Bunker las condenas suficientes como para que le saludasen hasta los barrotes de las celdas más tiradas. Atraco a mano armada, tráfico de drogas y extorsión. Una joyita este Eddie. Un modelo a seguir en la escuela del hampa. Su rostro de Makoki nato, ceñudo y malencarado, llegó a destacar en la lista de los diez fugitivos más buscados por el F.B.I. Pero el Eddie Bunker más chungo daría paso, gracias al paso de los años y a la escritura, a un Eddie Bunker molón. Lo vimos despotricar contra el ‘Papa don’t preach’ de Madonna en ‘Reservoir Dogs’, filme de culto en el que interpretó a Mr. Blue. Asesoró después a Michael Mann en ‘Heat’, peliculón en el que Pacino y De Niro dispusieron de hora y media para hacer de Rasca y Pica sin complejos.

Escribir como quien se lía a puñetazos con un ‘pringao’ en el patio del ‘talego’. Eso es lo que hace Bunker en cada párrafo. Porque las buenas novelas negras se desarrollan a hostias, sin concesiones. La historia que se narra en ‘Perro come perro’ es sencilla, como todas las de Bunker, y cuenta con un arranque que en el autor es marca de la casa. Peligroso convicto salda sus cuentas con el juez y sale del ‘talego’.

A partir de entonces, las manillas de todos los relojes se convierten en una contrarreloj para que vuelva a entrar… ¡vivo o muerto! Troy Cameron, el protagonista de esta novela, demuestra con sus ‘coleguis’ Diesel y Mad Dog, de cara a la galería lectora, que eso de las políticas de reinserción no son más que pamplinas. El crimen siempre paga. Sin embargo, algo bueno tendrá cuando las cárceles están llenas.

Empezamos a ser legión quienes esperamos ‘La fábrica de animales’, traducción de su cuarta novela, como si fuésemos yonquis en espera de una nueva ración de cielo en polvo. Y sí, llevaba usted razón. ¡Madonna la empezó a cagar a partir del sensiblero ‘Papa Don’t Preach’! ¡Alabado sea Mr. Blue! ¡Amén!

El Mundo

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