Pesadilla en Elm Street, crítica de Juanma González

Ahí va la crítica de uno de mis blogueros de cine de referencia, Juanma González, de Notas de cine. La películas es Pesadilla en Elm Street. Se estrena este viernes y un servidor, que hace poco volvió a ver la original de Wes Craven (1984), no se la piensa perder.

Creo que no descubro la rueda a nadie al decir que la Pesadilla en Elm Street que realizó Wes Craven en 1984 es uno de los grandes films de terror de su década, que además conserva casi intacto su atractivo básico pese al paso de los años. Craven consiguió conectar terrores viscerales con una trama de terror fantástico que aunaba la sencillez típica del género con un alto nivel de sugerencia. Era casi obligatoria la llegada del remake-secuela, que toma forma de un retorno más o menos serio que, si bien carece de la originalidad del principio, sí ofrece un entretenimiento terrorífico más discreto pero aún así eficaz.

La nueva Pesadilla en Elm Street tiene todas las virtudes y defectos de los remakes de la Platinum Dunes de Michael Bay. Por un lado, existe un tratamiento casi exquisito de la imagen, una fotografía espléndida y una severidad alejada de todo intento de revisionismo irónico: en este origen encontraremos pocas o ninguna de las transformaciones físicas que hicieron famoso al asesino del guante. El film de Samuel Bayer pretende aproximarse a la original de Wes Craven y no a sus secuelas, reduciendo al mínimo el grotesco sentido del humor y el tono camp que acabó exhibiendo Krueger una vez que la saga se perpetuó en las taquillas, cuando el personaje interpretado por Robert Englund pasó de ser una presencia sólo sugerida a ser la auténtica estrella de la función.

El problema viene precisamente de ahí. La Pesadilla en Elm Street auspiciada por Michael Bay apuesta por el terror franco y directo, pero por el camino abusa del susto fácil al mismo tiempo que se aleja de la imaginación humorística y morbosa de, por ejemplo, la excelente Pesadilla en Elm Street 3. Pero lo que remata la propuesta es el excesivo esfuerzo por explicar los orígenes de Krueger, que pierde así su aura mágica para convertirse, simplemente, en un psycho killer de motivaciones por fín abiertamente sexuales, que eso sí, opera desde los sueños de los protagonistas. El film de Samuel Mayer, en su esfuerzo por ofrecer algo más o menos nuevo en una saga ya agotada, anula el atractivo de la figura principal tratando de ubicarlo demasiado, por mucho que precisamente algunas explicaciones científicas (esos microsueños…) contribuyan a añadir una nada desdeñable novedad a la hora de mezclar sueños con realidad. Tampoco ayuda el poco lustre de la protagonista femenina y el resto del reparto, que carecen de la emotividad exhibida por Heather Langenkamp, John Saxon y sus acompañantes en la primera película.

Pero no nos encontramos ante una mala cinta. Al igual que ‘Viernes 13′ o ‘La matanza de Texas 2004′, una de las grandes virtudes de Pesadilla en Elm Street. El origen es el respeto a su fuente, así como la fuerza y el ritmo que la narración adquiere durante casi todo su metraje, incluso en los episodios más previsibles de la segunda parte del historia (cuando todo parece reducirse por momentos a una investigación que los jóvenes supervivientes realizan por internet que, como decimos, anula la fuerza del personaje de Krueger). El cambio de tercio a la media hora de la cinta, en la que el protagonismo cambia de una actriz a otra (reforzando aquí una idea presente en la original y, sobre todo, en las secuelas), y algunos apuntes inesperadamente crueles que nos recuerdan al torture-porn ya no tan en boga (como cuando Krueger recuerda a una de sus víctimas que dispone de siete minutos con él hasta que su cerebro muera de verdad) siguen convirtiendo en una secuela válida la propuesta, que Samuel Bayer resuelve con el oficio de quien recibe un encargo y sabe cómo cumplirlo. Pero que nadie espere reinvenciones, ni nada parecido.

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