La era de Berlusconi es la más corrupta de la historia

El otro día amanecíamos con esta noticia: La cultura dice basta a Berlusconi. Ahora, otro titular en formato de cita textual del periodista y escritor Carlo Alberto Brioschi: “La era de Berlusconi es la más corrupta de la historia“. Y yo vuelvo a preguntar, ¿hacen falta más pruebas? Para los denominados ‘escépticos’, aquí copio la entrevista a Brioschi. Genial en el contenido.

¿A quién le importa si César era un ladrón? Desde Séneca hasta Nixon, y desde Homero hasta Napoleón, la corrupción se ha paseado a sus anchas por la historia. Y ha sido, generalmente, de la mano del poder. El editor y periodista italiano Carlo Alberto Brioschi (Milán, 1969) cuenta el desarrollo de este fenómeno en su primer libro publicado en castellano: Breve historia de la corrupción, editado bajo el sello de Taurus y prologado por el juez Baltasar Garzón.

Su ‘Breve historia de la corrupción’ abarca desde Mesopotamia hasta nuestros días

“Desgraciadamente, la era que estamos viviendo en Italia con Berlusconi es la más corrupta de la historia”, señala el editor milanés con un escueta sonrisa. “Basta mirar las noticias de ayer: la dimisión del ministro Aldo Brancher, quien había sido nombrado en su cargo solo para acogerse a una ley que le brinda cierta inmunidad y le permite aplazar todos los procesos que hay en su contra”.

Brioschi trabajaba como reportero en 1992. Por esos días cubrió el sonado caso Manos Limpias, una investigación contra la corrupción política que derivó en una drástica renovación de la clase dirigente italiana, y que también destapó las turbias conexiones entre la Mafia y el Banco Vaticano. Animado por estos dos sucesos emprendió la compilación de este libro, que ya va por su tercera edición en italiano y ha supuesto todo un éxito de ventas.

La difusión de la moral cristiana a finales del Imperio Romano, afirma el autor, ha sido uno de los puntos de quiebra clave en la historia de la corrupción. “En las antiguas civilizaciones, Grecia o Mesopotamia, existía una especie de reciprocidad: el mal no residía en el acto de donar con interés, sino en romper la lógica del intercambio. Con la llegada de la época cristiana el soborno empezó a ser visto como un pecado y un acto que debía ser castigado”.

La primera edición de Breve historia de la corrupción en Italia llegó a las librerías en 2004. Desde entonces Carlo Alberto Brioschi afirma no haber tenido problemas ni con el Vaticano ni con los políticos. “Afortunadamente”, dice, “aún no hemos llegado a un Estado dictatorial. A pesar de que no he tenido ningún espacio en la televisión, absolutamente controlada por el poder político, todavía nos queda la libertad de prensa, los blogs, las redes sociales e Internet”.

Los medios de comunicación y la sociedad civil son dos actores primordiales para atajar las consecuencias de la corrupción. En este punto coinciden tanto Brioschi como el juez Baltasar Garzón, que en el prólogo anota: “La responsabilidad de los medios de comunicación es de tal magnitud que puede afirmarse que de su uso adecuado depende el futuro de una sociedad que, queramos o no, es esencialmente mediática”.

La corrupción es un mal que, a juzgar por la historia, es inherente a las sociedades y difícilmente puede tener cura absoluta. Para Brioschi, sin embargo, hay indicios de que se puede dosificar. Uno de los ejemplos que cita es el de Nueva York, una de las ciudades con mayores avances en la guerra contra la corruptela. A finales del siglo XIX y principios del XX, la ciudad estaba sumida en diversos escándalos entre los que resaltaba la malversación de dineros públicos. “La figura del alcalde tenía exceso de facultades y de paso estaba enganchado a redes mafiosas. Con el tiempo se le recortaron paulatinamente estas facultades, surgió una prensa independiente que ha hecho las veces de perro guardián de la clase política a nivel local. Los índices señalan que hubo una reducción del 50% en los niveles de corrupción”, indica Brioschi.

El mundo de la cultura también forma parte de esta Breve historia de la corrupción. Entre los nombres de referencia figura Cervantes, utópico y soñador: “Yéndome desnudo, como me estoy yendo, está claro que he gobernado como un ángel”, decía irónicamente Sancho Panza en El Quijote. O ambiguos, como Dante, quien denuncia con vehemencia a los corruptos en el infierno de La divina comedia, pero a la vez tuvo que huir de Florencia, implicado en algún caso de corrupción. O Cicerón, quien hizo denuncias del mismo tenor y sin embargo ha sido implicado por los textos de historia en casos relacionados con intercambio de dádivas.

“El papel que he querido dar a estos hombres de la cultura es el de observadores. Cito a Ítalo Svevo o a Boccaccio como actores que dejaron plasmados en sus libros, o en el caso de Shakespeare en el teatro, casos de corrupción para que se entendiera el comportamiento de la gente de cada época. Esta es una forma válida de involucrarse y de aportar un granito de arena al asunto”, apostilla el escritor italiano.

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