El concierto de Muse en Madrid fue una ‘expeditiva terapia de rock, melodrama, adrenalina y decibelios’

Este trío –Muse– que casi revienta el estadio Vicente Calderón en su concierto en Madrid es la primera banda de treintañeros que se atreve en mucho tiempo a ejercer por estos pagos el rock de estadio, especialidad hasta ahora reservada a glorias talluditas como Springsteen o U2. Pero estos chicos tan lacónicos acaban cayendo bien porque aúnan de una sola tacada algunas de las mejores referencias populares de las tres últimas décadas. Undisclosed desires, que interpretaron subidos a una tarima, parece una cara B de Depeche Mode; la apoteósica United states of Eurasia aspira sin disimulo a tomar el relevo de Bohemian rhapsody, y Guiding light mejora con creces aquel solemne Vienna, de Ultravox. Añadan un pellizco de Led Zeppelin y unas gotas de Radiohead, y ya tenemos el lío organizado.

La máxima del perro y las pulgas amenazaba con cumplirse, inexorable, en jornadas borrascosas como la de ayer. Malas patas, cables cruzados, la gran depresión. Suerte que Muse y sus sortilegios sinfónicos, su parafernalia de grandiosidad para todos los públicos, nos rescataran de lo más profundo del atolladero.

Recapitulemos. Tal vez la crisis nos desangre a dentelladas, Merkel ande tocando las narices o el mar océano chorree chapapote. Es posible que nos despidan barato o le hayamos echado el ojo a quien no mire en la misma dirección. Acaso la humanidad se esté apalancando mientras Dios hace dejación de funciones. Pero en esas retumba en un estadio el bajo marcial de Uprising, con sus guiños al Call me de Blondie, y todo cambia. Y si la segunda pieza de la noche es Supermassive black hole, con su épico chirrido guitarrero, ya entran ganas de tomarse una cerveza con el colega más próximo y mandar algún SMS repleto de corazoncitos. Eso fue lo que consiguieron anoche, precisamente, estos tres británicos estilosos y su teclista en la retaguardia: devolvernos la fe. Creer de nuevo en el rock como catarsis, en el revulsivo de un enjambre de puños que se elevan acompasadamente al cielo como si, por un momento, pudiéramos todos estar de acuerdo en algo. Fueron brazos perezosos al principio, no nos engañemos, como si el escepticismo nos hiciera inmunes hasta a los riffs de guitarra. Pero a partir de ese colosal estallido de furia que se titula Hysteria ya no hubo quien se estuviera quietecito en el asiento.

Bellamy es tan sobrio que delega las (escasas) presentaciones en su batería, Dominic Howard. Ni siquiera hay hueco para demasiadas exhibiciones pirotécnicas: un escenario que parece la quilla de un trasatlántico, un ovni del que emerge una trapecista, globos gigantes con forma de ojos, una explosión de confeti. Pero el repertorio es tan sólido y vigorizante que no precisa de infinitos artificios.

El espectáculo arranca con la irrupción de unos pandilleros con banderolas, como si fueran manifestantes antisistema, que enarbolan mensajes como este: “No hay nadie en quien puedas confiar”. Mentira. Perdida por momentos la fe hasta en Vicente del Bosque, nos quedan, al menos, Matthew y sus chicos. Todo un alivio.

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