¡Escribe algo!

Te da por mirar el reloj y ves “las cuatro y media, madre que tarde” o “las nueve, que pronto” (…) ¿Por qué te agobias? ¿Qué es el tiempo? Qué importa que sean las cuatro y media que las nueve, que sea tarde o pronto, que llegues puntual o no (sin pasarte). Yo sé lo que ocurre. En serio, lo sé. ¿Te lo digo?

Ocurre por la muerte.

¿A qué sí? Si no estuviera el tipo ese de la capa negra y el azadón en el hombro, te daría igual que fueran las cuatro, las tres o las dos. ¿A qué sí? Irías sin prisa, caminando sin reloj, parándote a mirar, a oler, a escuchar a los demás. No serías tan ambicioso, ni sufrirías esa ansiedad, ni tendrías esos problemas enfermizos por ponerte cachas, adelgazar al máximo u operarte los pechos, la boca o la nariz. Es la muerte lo que te presiona porque sabes que se acaba, que este segundo que has dedicado a leerme no lo vuelves a recuperar. ¡Ala! otro segundo que has perdido, y otro, y otro… se te escapa el tiempo. ¡Anda, deja de leerme y sal a la calle! ¡Grita! No tengas prisa, hoy no vas a morir.

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